lunes, febrero 29, 2016

Juan Echenique, pintor de la luz

Su taller en Peñalolén es enorme;  pasamos por el corredor de los aprendices de pintura de íconos bizantinos, cada silla que tenía destinada para sus alumnos, estaba orientada hacia un mesón contra la ventana que daba al jardín. Imagino a cada uno de ellos,  en la privacidad de su espacio, en silencio, contemplando el modelo del rostro del ícono elegido, moviendo muy despacio y con precisión,  el lápiz o el pincel, de manera de lograr fidelidad al modelo. Pero como dice Juan, eso no es posible, el ícono de cada alumno es siempre diferente, cada persona pone allí su sello. Realizar íconos para las iglesias, aunque muchos en Chile lo ignoremos, no es un arte del pasado, se da en forma extendida en la iglesia ortodoxa; ha sido algo abandonado por la iglesia latina,  aunque hoy hay signos de cierto resurgimiento. Juan es de los pocos que practican este oficio, a través del cual, se busca conservar el kerigma cristiano, la teología de los Padres de la iglesia. Los modelos de íconos se repiten en las iglesias- generando en el espectador: “apatheia”, es decir, la inmersión en un tiempo eterno, regular, estable, que apacigua al feligrés, que consigue así encontrar paz en su alma.

Galpón en el norte
Al fondo del  espacio, rodeado por puertas de demolición, está el taller de pintura. Algunos cuadros se posan contra el muro, se trata de las pinturas que fueron expuestas recientemente en el Centro Cultural de las Condes (2015). Yo visito su taller para interiorizarme de su trabajo, como él llama, de su obra ´secular´.

SU CREACIÓN
Trazo domado. Rojo profundo, negros, colores vibrantes, dominio. Evocaciones del paisaje chileno, su gente, trazos abstractos que dan cuenta de la vida que pasa sin que apenas la advirtamos. Nostalgia de un tiempo que abandonamos, capas de horizontes que capturan la luz de los lugares que el artista contempla…recibe. Ese espíritu vibrante se esconde, aparece, se retuerce en la lucha de los trazos y paletas de color.

Latas del desierto 2014
El alma está inquieta. Pienso que los hombres de este tiempo lo estamos.

Manchas que son aplicadas con la fuerza que da la espátula y su mano, y  luego son contenidas, algunas veces ahogadas,  por machas en  gamas de colores suaves, como si buscaran conquistar la armonía de otro tiempo.

Al detenerme -en el cuadro, los muchos cuadros,  que están dentro del cuadro, en el retazo o fragmento de su universo, me aparece una tímida ´ferocidad´ (cuando se lo expreso, él me mira y se ríe), que está viva en los rojos, principalmente en el rojo; que combinado con otros negros, verdes, rosas, vibraciones de color (como los fauvistas), me comunican sensación de fortaleza, expresión indómita transfigurada. Y veo más cuando me acerco a la abstracción y me alejo de lo figurativo de su obra. Es algo así como si en los rincones  de sus cuadros,  escondiera la riqueza de sus fundamentos, anclados en la vida, muerte, vida del hombre y su búsqueda infinita de luz, fuego sagrado. Puedo advertir que cuando el pintor se desapega del formato figurativo,  logra revelar, insinuar el alma de los paisajes que captura.

Quiosco
Me comenta que se inspira en algo que lo anima desde afuera: un galpón viejo, el mercado, una calle, cosas tiradas, que recreadas en su arte,-pienso- producen resonancias de abandono, soledad, nostalgia de otros tiempos que el artista logra capturar con tesón, calidez,  maestría.  Al respecto, Germán del Sol señala:

“Juan como artista trata de encontrar la forma,
que muestra la esencia de las cosas (como son)
cuando se las mira con afecto,
pienso que el paisaje es aquello que uno lleva adentro,
lo que sabe, lo que cree”.

LUCHA
Juan es grande. Sus manos lo son. Así también, los formatos de sus pinturas ‘seculares’. La expresión facial de su rostro es intensa. Sus ojos penetrantes y su pelo y barba desordenados me traen a la memoria el arquetipo de los primeros cristianos, al apóstol que lleva su nombre -que me explica, mostrando un ícono- era “salvaje”.

Los frescos  de íconos religiosos, como los de la Iglesia de Chépica, que acaba de pintar (2014), son diseñados previamente. Cuando me lo explica, lo imagino como un verdadero científico aplicando fórmulas aprendidas por maestros del arte bizantino o  alquimistas del medioevo.

Con mucho oficio, Juan lucha por conquistar este arte ´secular´ ¿cómo liberar el fuego? ¿cómo el trazo revela vida? ¿cómo soltar el arte figurativo por un arte abstracto que no caiga en la ascepsia del conceptualismo? ¿cómo darse permiso para no esconder ese espíritu indómito?

Techos 2013
Pude apreciar cuando logra- como él dice- dejar que esa lucha se exprese sin diseño previo, dejándola aparecer en su obra. Admirable;  Techos, 2013;  Latas del desierto, 2014;  Me conmovió la atmósfera de Galpón en el Norte, 2014, y los techos  de Galpones en Las Chilcas, 2013.

Los fragmentos de color, que son parte y todo al mismo tiempo,  logran comunicar con fuerza y simpleza la impronta de su espíritu. Esto se aprecia en Casa Roja, obra comprada por el arquitecto, Germán del Sol. Quiosco, donde los grises evocadores dan cuenta de una lucha tenaz. Instalaciones de la Feria, fiereza de esos animados y vibrantes trazos de colores verdes y rojos en el desierto.

Descubro que Juan Echenique, tanto en el arte bizantino como en su arte ´autónomo´, realiza una exploración exigente en busca de una conquista; tal vez la recuperación de espacios inefables de la memoria; tal vez transfigurar paisajes actuales donde reina la soledad y la muerte; y,  a través del color devolver la vida a los objetos. Rojo; Vida-Muerte-Vida.

 

jueves, noviembre 21, 2013

A un Paso... de la Vida

Mi tía Cecilia cumple 94 años este viernes, se celebra en su santo, como cada 22 de noviembre. Está en un hogar de reposo desde hace casi un año. Un lugar muy bello donde más de cien ancianos esperan  la recta final. He pasado más de tres  años sin visitarla. Y me pregunto por qué no lo hice? la pregunta me ronda,- mientras escribo estas ´notas´- que como dibujante, me impulsan a esbozar las primeras líneas de este boceto:  hay conmoción adentro. Hay un tiempo que pulsa....algo se mueve dentro de mí ahora.  Me tiendo en mi cama para recuperarme. No había escuchado nunca así tan nítido el sonido de los pájaros de mi jardín.  Experimento una sensación nueva. Mi hija,  que no suele acercarse mucho, apenas me ve, se tiende a mi lado.


 Hoy me avisaron que ella no estaba bien, que ayer casi había muerto... eso me impulsó a atravesar mis propias resistencias  e ir a verla.

Vi la figura de un cuerpo marchito, como una de esas flores que ya dieron todo. Los huesos visibles en su desnudez, la piel arrugada y pegada a los huesos;  no tenía kilos para exhibir, sólo la figura escueta de su contextura. Entro, y allí estaban, mis dos hermanas a su costado, algo así como Marta y María. La enfermera, testigo presente en el acto, observaba como pájaro nocturno, una vez más, el escenario de la vida.

Me aproximé a ella. Su mirada penetrante me capturó entera. No podía esconderse como antes en su verborrea. Ni tampoco en la actividad intensa en que solía vivir. Su silencio volvía el instante fecundo, era como si por fin ocurriera el milagro. El encuentro con su simple mirada;  Encuentro con la humedad de sus pupilas. Encuentro con el sello de su expresión genuina, que el paso del tiempo no consiguió borrar. Encuentro con su sensibilidad y pureza, que atravesaron las preguntas que yo me hacía sobre el sentido que tenía su existencia. Poco a poco, mientras más entrábamos en relación, más visible se configuraba el significado; más clara se me hacía visible la dirección de la vida, como dice Francois Cheng, se entreabría la Vía, ´la Vía Abierta´.

"La rosa no tiene porqué, florece porque florece; sin preocuparse de ella misma, sin desear ser vista" Maestro Eckhart

¿Dónde está la belleza?; ¿dónde se encuentra en realidad?
La proximidad a la muerte me hizo tomar contacto con la potencia virginal de la vida.
Así,  su presencia, -como la rosa-  me impregnaron de su aroma, como los niños, en su prístina inocencia,  la regalan a su paso.

Así sucedió con Mohamed (en la imagen), fue el niño que me capturó con su presencia, cuando en mi viaje por Marruecos, me ofreció su guía,  sin decir palabra, empezó a caminar y conducirme por los senderos que me llevarían al encuentro con los misterios de la montaña, el Valle de Daddes, un paraíso de eternidad y silencio, cerca del desierto del Sahara.

Aquí, en medio de la rutina de la vida, Fue la verdad radical de la muerte que me presentó la vida, su presencia, la de Cecilia y el secuestro de la mirada. Y sí, la luz de mis ojos se encontró con la luz de los suyos. Y reflexiono: la belleza que está ahí para ser vista, no se regala sino hay un otro que la mira, que la ilumina con su presencia. El hallazgo de esta tarde me abrió los oídos. Nunca antes escuché tantos pájaros al unísono. El encuentro de esta jornada, me regaló tiempo para escribir estas notas. El tiempo tampoco estaba frente a mi vista, yo, como mi tía, también he corrido y mucho. El regalo de este encuentro me entregó el sustrato para recibir y encontrarme con los míos.

¿Cómo se despierta el pulso de la vida en nosotros? ¿cómo nos desprendemos de la piedra? como los  esclavos de Miguel Ángel, esperamos en las manos del escultor, quien nos ve, nos aprecia, nos despierta con el anuncio del sentido. Es el tiempo que asume su presencia.

La rosa en mí y en ti, no tiene por qué florecer, está ahí, esperando ser vista. Estas palabras son para quien tenga oídos para oír, para quiénes, como dice Cheng, puedan reconocer la´ Vía Abierta´.




Un niño me preguntó ¿qué es la hierba? mostrándomela a manos llenas;¿cómo podría responderle?, yo no sé más de lo que sabe él.
Tal vez sea la insignia de mi temperamento, tejida con hilos color verde esperanza.
O tal vez el pañuelo del Señor,
un regalo fragante, un recuerdo dejado caer adrede,
Con el nombre de su dueño en algún ángulo, para que al verlo preguntemos ¿De quién es?
                                        O tal vez la hierba misma sea un niño, una criatura de la vegetación."

miércoles, julio 17, 2013

Coaching de Presencia Escénica

Conducido por Ian Contreras Pratt


Somos constantemente evaluados cuando nos presentamos frente a otros y las sensaciones que acompañan esta experiencia exigente pueden llegar a ser muy dolorosas.

¡Hablar en público es una actividad de alto riesgo que requiere el arte y la manera! Y ese arte se aprende.


El coaching individual de Presencia Escénica es:
  • Tomar contacto con el talento personal de expresión.En nuestra voz se revela nuestra presencia y nuestra presencia se transmite por el cuerpo de la voz. La relación con ella es algo complejo; cadencia, música, tonalidad, acento, sonido, modulación de la palabra y niveles de confianza.
  • Atravesar los miedos, los obstáculos, tomar conciencia de los bloqueos.Oír esas vibraciones, esas resonancias de nuestra voz en el cuerpo. Experimentar el temblor y las fallas y vivirlas no como obstáculos infranqueables sino como sensibilidades irreemplazables, son las voces de nuestra humanidad.
  • Oír posiblemente lo que no sabemos que oímos.Acercarse lo más posible a la naturaleza verdadera de la voz y oír el silencio; discernir las informaciones escondidas sobre lo que estamos haciendo y la naturaleza de lo que está siendo dicho.
  • Dejarse acompañar por otro.Despertar la sensibilidad en el arte de la relación. Saber hablar es saber escuchar, por lo tanto este trabajo nos abre a oír.

miércoles, mayo 01, 2013

El Poder de la mirada

En estas líneas quiero compartir dos experiencias de esta semana, que se cruzan en mi retina y me impulsan a dejar que broten estas notas con algunas reflexiones sobre el poder ¿dónde está? ¿cuándo lo reconocemos en nosotros, en el otro? ¿cómo se desarrolla?

En mi calidad de coach, hacía un taller de liderazgo esta semana y mientras teorizaba con los alumnos sobre el poder de movilización efectiva, pude constatar una vez más, que aunque un líder aprenda teorías, reconozca su brecha y tenga intención de cambio, no puede lograr empoderarse hasta que no tenga conciencia corporal de su "presencia". Y eso sólo puede aprenderse desde la conexión personal consciente, que sólo reconocemos en la interacción con otro(s) que me ve(n) y devuelve(n) la mirada.

Y esta reflexión alcanzó su consumación este fin de semana, participé en el primer taller de Presencia Escénica: El Despertar de la Mirada, conducido por Ian Contreras, actor y formador artístico chileno-francés, que este año se incorpora al equipo de Cultiva Consultores, luego de su reciente regreso a Chile después de una estadía de más de treinta años en Francia.

Pienso que la experiencia que vivimos con él fue fundacional. No sólo por el hecho de ser un primer acto de co-creación con invitados del mundo del coaching y de la empresa, que pudieron compartir y valorar esta metodología; sino por la trascendencia que este taller tuvo para cada uno de nosotros.

Con rigor y espíritu lúdico, fuimos llevados, sin apenas advertirlo, a dar pasos hacia el contacto con nuestro poder creativo; escalamos, peldaño por peldaño en los riesgos de la aventura escénica. El secreto estaba en tomar contacto con la presencia, dejarnos interpelar por la mirada.

Y  ahí surgen las preguntas ¿nos atrevemos realmente a ocupar nuestro espacio? ¿sabemos de qué materia está  hecha nuestra naturaleza? ¿cómo perder el miedo a ser vistos? ¿me atrevo a aparecer?

Pienso que esta experiencia, que desarrolla con rigor de método y maestría,  Ian Contreras, logra movilizarnos en forma muy efectiva debido al trabajo personal de este formador, que facilita desde el poder de su presencia;  esto es: un método claro y con estructura, una mirada amorosa y por sobre todo muy respetuosa; una risa contagiosa, con la que nos ablandaba los juicios; mucha liviandad para sostener el aprendizaje en el juego. Estos fueron los testimonios de los participantes al término del taller.

Descubro algunos secretos del arte de la presencia escénica como puente de la conciencia: abrir un espacio como posibilidad para ser nosotros mismos; un tiempo presente como regalo en la inspiración de aire que inhalamos hasta el contacto con nosotros; el permiso para crear, cada uno en su estilo, cada uno sostenido en su falla; una luz que alumbra desde la mirada apreciativa y abre al espacio de lo posible;  y la confianza en la convivencia como base intransable, que todos tejemos, mientras nos exponemos, para sostenernos unos a otros.